Noventa años de Zubin Mehta: una vida para decir gracias

Noventa años de Zubin Mehta: una vida para decir gracias

Uno celebra algunas fechas con algo más profundo que el afecto: con gratitud. Este 29 de abril, Zubin Mehta cumple noventa años, una cifra que cuesta asimilar sin detenerse. Nacido en Bombay en 1936, cuando el mapa cultural era otro, nadie podía prever que aquel joven parsi se convertiría en uno de los grandes embajadores de la música clásica occidental. En su caso, la celebración no responde al protocolo, sino al privilegio de haberle escuchado durante décadas, de haber visto cómo en el podio se transformaba en ese otro ser que son los grandes directores cuando la música los atraviesa.

Hijo del violinista Mehli Mehta, fundador de la Orquesta Sinfónica de Bombay, aprendió desde niño el lenguaje musical en casa. Pero fue en Viena, junto a Hans Swarowsky y condiscípulo de Claudio Abbado, donde terminó de formarse. Su ascenso fue fulgurante: a los 21 años ya dirigía en Liverpool, a los 25 en Montreal y a los 27 en Los Ángeles. Más tarde llegarían la Filarmónica de Nueva York, los conciertos de Año Nuevo en Viena y, sobre todo, su larga relación con la Filarmónica de Israel, donde permaneció cuatro décadas. Más que una carrera, fue una forma de entender la música como compromiso duradero, incluso en circunstancias extremas como los conciertos durante la Guerra del Golfo en 1991.

Mehta pertenece a esa rara estirpe de directores que no solo interpretan, sino que transmiten que la música les importa profundamente. Su territorio natural ha sido el gran repertorio postromántico —Bruckner, Mahler, Richard Strauss—, y en él ha dejado huella. También en la ópera, con grabaciones memorables como su Turandot para Decca junto a Pavarotti, Sutherland y Caballé, considerada una referencia. Su vínculo con España ha sido igualmente constante desde su debut en Granada en 1964, con más de un centenar de visitas impulsadas en gran parte por Ibermúsica. No es solo una relación profesional, sino una historia compartida.

En febrero, Madrid le rindió homenaje en el año de su nonagésimo cumpleaños. Necesitó ayuda para subir al podio, pero en la Cuarta de Chaikovski bastaron unos compases para que emergiera el director de siempre. Escucharle fue también escuchar el recuerdo de otras tardes, de otras versiones, de una vida entera dedicada a la música. Quizá no quede mucho tiempo para volver a verle dirigir, aunque su presencia está anunciada en el Festival de Granada. Nacido el mismo día que Duke Ellington, Mehta alcanza los noventa años como se celebran las cosas verdaderamente importantes: con un sencillo y profundo agradecimiento.

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